shukuzu

Epítome (Shukuzu, 1953) 
Dirección: Kaneto Shindo
Guión: Kaneto Shindo, Shusei Tokuda (novela)

La figura del director japonés Kaneto Shindo siempre ha ido ligada a la del magnánimo Kenji Mizoguchi. Siendo su ayudante de dirección en numerosas ocasiones, su admiración por él, lo llevó a realizar un interesante documental en los años 70 sobre la vida de su maestro, a su vez que publicó también un libro sobre él. Por eso no es casualidad encontrar ciertas similitudes temáticas en sus películas. Era el año 1953 cuando Mizoguchi estrenó Los músicos de Gion, un filme que mostraba en el corazón de Japón lo bien visto que se consideraba el hecho de que una mujer se esmerara en complacer los deseos masculinos convirtiéndose en geisha. Y sin embargo, no estamos tan solo ante el mero retrato de las vivencias y los pensamientos que se sentían en la época, no observamos el simple devenir de los acontecimientos, sino que advertimos una voz crítica. Jugando con la confrontación generacional, encontramos la discusión y la reflexión acerca de los valores femeninos desde la dualidad. Una geisha experimentada se mueve por el régimen de lo establecido, mientras que la más joven, aunque fracasando en su intento, se erige como heroína que trata de forjar su propio destino. Por un momento, una mujer joven se eleva por encima del patriarcado reinante para decir alto y claro: No.

Y ese mismo año, Kaneto Shindo, quien ya deslumbró con su acercamiento crítico al lanzamiento de la bomba atómica en Los niños de Hiroshima (no es casualidad que el filme se estrenara en 1952, justo cuando las tropas estadounidenses abandonaron el país), volvió a demostrar su descontento con la situación de su nación en plena posguerra. Con Epítome, el director nipón sabe confeccionar la construcción de la familia necesitada que por culpa de la miseria permite la desdicha de una hija que acepta convertirse en geisha. Este imperioso deseo de subsistencia familiar nace de la voluntad de la propia Ginko, quien acaba por comprender el origen de las circunstancias que la han llevado a esa situación. Y resulta por lo tanto cruel ver como movida por estos lamentables terrenos de la decadencia moral acaba siendo engañada, violada y deshonrada por los hombres, y al mismo tiempo, por culpa de ello, se siente en la autoimpuesta obligación a renunciar a quien de veras puede tratarla bien por culpa de un oscuro pasado que se ha apoderado de su ser.

Shindo, a parte de demostrar una sensibilidad social admirable, sabiendo empatizar con el espectador y mucho más al reflejar la realidad de una época que seguro que conectó con el público de entonces, no olvida la pericia técnica, sabiendo hacer un uso inteligente del medio cinematográfico. Sabe mover la cámara (herencia de Mizoguchi), pero al contrario que su maestro, prefiere enfatizar las emociones, buscando travellings que se aproximan y se alejan, reencuadran y se fusionan con la expresividad de sus intérpretes y el poder sensitivo de la música.

dobu

La zanja (Dobu, 1954) 
Dirección: Kaneto Shindo
Guión: Kaneto Shindo

Una de tantas habilidades de Kaneto Shindo a la hora de construir magníficas historias cinematográficas es el poder de dotar de un carisma especial a sus personajes. El largometraje La zanja, es una muestra de ello, y al mismo tiempo, de cómo la fusión de éstos en un espacio y un tiempo determinado puede suponer el mero retrato de una sociedad apartada y marginal que subsiste en la posguerra. Y es que este filme de 1954 es puro neorrealismo italiano a la japonesa. Los suburbios de una ciudad donde malviven los individuos más peculiares y azotados por las inclemencias de la guerra y la lucha y alegría que residen en ellos nos rememora a Milagro en Milán (1951) de Vittorio De Sica. A su vez, el personaje al que da vida la musa del director, es decir, la polifacética Nobuko Otowa, a medio camino entre la tara mental, el retraso y el vitalismo más adorable, no tiene nada que envidiar al de Giulietta Masina interpretando a la fabulosa Gelsomina en La Strada (1954) de Federico Fellini. Personajes posmodernos como el recitador shakesperiano también potenciarán este hermanamiento entre ambas películas coetáneas. Más curioso resulta, siguiendo con el neorrealismo italiano y con el ganador de cinco premios Oscar Federico Fellini, la búsqueda incesante del dinero mediante la prostitución, conociendo los diferentes estratos de la sociedad del momento desde el prisma de la sexualización por parte de la mirada del hombre. Las noches de Cabiria, trabajo de 1957 del director romano ya citado, guarda un parecido muy directo con la obra que hoy nos atañe, pues sus dos protagonistas femeninas se mueven entre la inteligencia y la desdicha en el mundo de la noche.

Filmes ya rodados en los setenta parecen también estar relacionados, pues sin abandonar Italia, el humor negro y las bajas pasiones movidas por el interés y el aprovechamiento ajeno de Brutos, sucios y malos (1976) de Ettore Scola, también guarda muchas similitudes. Pero si nos centramos ya en Japón, no está de más citar Dodeskaden (1970), el colorido proyecto de Akira Kurosawa que mostraba una visión muy personal de la marginalidad nipona.

Kaneto Shindo domina el movimiento de la cámara. Sabe erigir un relato tenso y dramático, siguiendo a su protagonista huir de los peligros y acercarse a los que pueden ofrecerle algo. La dirección se transforma en Tsuru, siguiendo sus propias pasiones, creando un vínculo con el espectador y al mismo tiempo con los personajes que la rodean. Vivimos intensamente sus emociones en parte debido a lo recargado de las imágenes, creando una sensación de continuos estímulos que golpean inevitablemente la maltrecha mente de una mujer que se siente atraída y a la vez que se enfrenta a la acara más perversa y amarga de la existencia. El amor, el sexo, el dinero, la esperanza en las futuras generaciones, la ley, todo ello es un conglomerado que explota en su melodramático final, quizás excesiva, pero comprensible debido al estilo de cierre acorde con los filmes nipones de la época. La catársis colectiva, fruto de las miserias recogidas durante la guerra, ayuda a nuestros protagonistas a hacer una introspección que les ayuda a comprenderse a ellos mismos así como a los que les rodean, entendiendo la importancia que tiene cada uno como individuo y el papel que ha de jugar en la evolución social de su país.

Redacción: Luis Suñer (@luisuner1990)

Una Respuesta

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.