laputaTenkû no Shiro Rapyuta (1986)
Director: Hayao Miyazaki
Guión: Hayao Miyazaki
Producción: Studio Ghibli
Música: Joe Hisaishi
Animation, Adventures

Sheeta es prisionera en una aeronave del gobierno cuando esta es atacada por los piratas del aire de Dola.  En la pugna por conseguir a la chica y la piedra que cuelga de su cuello, Sheeta cae al vacío, levitando gracias a la piedra, hasta llegar a los brazos de Pazu, un muchacho hambriento de aventuras que trabaja en un pueblo minero.  Juntos intentaran desentrañar el misterio que esconde el cristal mágico y desvelar así el paradero de la isla de Laputa.  Sin embargo, tendrán que enfrentarse a Muska y su ejército que intentaran hacerse con el poder de la isla a toda costa.

Para la primera película del Studio Ghibli, Miyazaki escogería una trepidante aventura que rinde tributo a dos géneros literarios que dieron mucho que hablar en el siglo XIX: las novelas de ficción al más puro estilo de Julio Verne o H. G. Wells  y la literatura juvenil de aventuras de Jonathan Swift, Robert Louis Stevenson y Harry Enton.  La fuerte influencia de estos dos géneros se hace innegable, desde las aeronaves que nos presenta tanto en los créditos como en el film que rememoran el Albatros de Verne o La vie électrique (1890) de Albert Robida, pasando por las reminiscencia a la búsqueda de La isla del tesoro (1883) de Stevenson o el hecho de que se inspire en la isla de Laputa aparecida en la tercera parte de Los viajes de Gulliver (1726) de Swift.

Me interesa en especial la referencia a Swift porque acapara el gran peso ideológico de la película.  Si en Nausicaä veíamos una versión post-apocalíptica de la revolución industrial, en El castillo en el cielo –como se conoce en España a Tenkū no Shiro no Rapyuta–, se nos presenta un futuro alternativo en el que las consecuencias de la revolución industrial no han llegado a destruir el mundo pero sí que han acabado con la civilización laputiana.  No podemos olvidar que cuando Jonathan Swift describe a la isla de Laputa y a sus habitantes, encierra una sátira a la Royal Society inglesa, extremadamente preocupada por la ciencia teórica pero sin ninguna aplicación práctica –a excepción de que la isla levite—ni beneficio para sus habitantes ni para los habitantes de sus colonias en la tierra de Balnibarbi.  Muy al contrario, la política de los laputianos es amenazar a las ciudades rebeldes con bombardeos aéreos de piedras o bloqueándoles el sol o la lluvia para someterlos.  Miyazaki ve muy bien la crítica de Swift y sube la apuesta.  La Laputa de Miyazaki responde bastante bien a la descripción de Swift, incluso por el detalle del gran cristal que concentra su poder, salvo por el gran papel que confiere el director a la naturaleza y, en concreto, al gran árbol que es el verdadero corazón de la isla.  Aunque la isla de Laputa se presenta al principio como la perfecta combinación de tecnología y naturaleza, se desprende la idea de que el inmenso poder de su tecnología corrompió a sus habitantes y los llevó a su destrucción.  Es más, confiaron su hechizo de autodestrucción a su última princesa para asegurarse de que la tecnología de Laputa no cayera en manos de los codiciosos y no pudiera destruir a otras civilizaciones.

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Volvemos a ver las misma ideas que en Nausicaä: el conflicto no resuelto entre la humanidad y la tecnología, la  encarnizada lucha por el poder económico y político, la mezcla de tradiciones antiguas y visiones futurísticas y la colisión de los valores de Oriente y Occidente.  Además Miyazaki quiere añadir su particular homenaje a la huelga de mineros galeses entre 1984-1985 y a la desaparición de esta clase social, que dio lugar a paisajes desérticos plagados de maquinaria abandonada.  Es curioso el contraste del pueblo de Pazu, inspirado en los pueblos mineros galeses, con la isla de Laputa, más en sintonía con las ciudades antiguas griegas y romanas.  Está claro que Miyazaki siente predilección por estas civilizaciones a las que siempre confiere un tono más bucólico, como la ciudad romana perdida que esconde el Ducado de Cagliostro.  Aún así, detalla el pueblo minero con gran cariño y con un sentimiento de añoranza.

Pero centrémonos ahora en los héroes de Miyazaki.  Rebecca Johnson (JOHNSON, 2007) hace un análisis muy interesante de Dola y Sheeta y de cómo el director insta a la audiencia a que se replantee el papel de la mujer en la sociedad japonesa.  El concepto de la mujer kawaii que es Sheeta, dulce, amable, que disfruta haciendo las tareas domésticas y que necesita ser salvada contrasta con el papel de Dola, la matriarca de los piratas que dirige a su familia tanto en casa como en el trabajo con mano dulce pero férrea, como ejemplo de mujer actual que concilia la vida familiar y profesional.  La personalidad de Dola está inspirada en la madre de Miyazaki, una mujer capaz, que no duda en hacer lo que se considera el trabajo de un hombre pero sin renunciar a su feminidad.  Para estos propósitos, Dola siempre viste de azul, con sus dos trenzas y sus pendientes: femenina pero no vanidosa. Me encanta cuando Dola –antes muerta que sencilla– le dice a Sheeta casi al final de la película: “La peor parte es que te hayan volado el pelo”.   El conocer a Dola hará que Sheeta se replantee su papel en el mundo y madure hacia una muchacha que acepta su responsabilidad como princesa de Laputa.  Sheeta dejará de ser la mujer que Pazu debe rescatar para tomar un papel activo en la lucha y juntos, cogidos de la mano –en lo que simboliza la perfecta comunión de los dos géneros, la igualdad— recitarán las palabras mágicas que acabaran con el mal de Laputa.  Y así Sheeta transgrederá su papel kawaii para convertirse en una auténtica heroína de Miyazaki, muy similar a Nausicaä cuando le sesguen sus trenzas durante la pelea.  Pazu, en este sentido, encarna al hombre soñador y aventurero de las novelas del siglo XIX; dispuesto a correrse una aventura con tal de salvar a la dama pero aceptando su transgresión del orden social y ayudándola en su viaje introspectivo.

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Hay un aspecto que el director sólo toca de puntillas y es la relación de Sheeta con los robots laputianos.  Me hubiera encantado que Miyazaki hubiera profundizado mucho más en esta relación que estoy segura que se hubiera desarrollado como un paralelismo de la relación de Dola con sus hijos.  Sí, para mí este es el gran punto débil de la película.  Si Sheeta hace un viaje para conocerse a sí misma, aceptar sus responsabilidades y actuar en consecuencia de la memoria histórica, yo quería ver a Sheeta como dueña de su destino, actuando como madre y reina de los robots laputianos; no verlos destruidos como juguetes rotos de la revolución industrial.  Una pena.  Aún así, aprecio la capacidad del director de crear una historia con fuerte carga moral y dotarla, a la vez, de grandes escenas de acción como la persecución en las vías del tren o la lucha del robot contra el ejército en la fortaleza de Tedis.

Pero como siempre, la naturaleza es sabia y a pesar del hechizo de destrucción de Sheeta y Pazu, Laputa sólo destruye su mitad industrializada y el resto de la naturaleza de la isla, que tiene como centro de su ecosistema un gran árbol de todopoderosas raíces, se eleva hasta el espacio en una visión muy a lo Saint-Exupéry.

Bibliografía
CAVALLARO, Dani.  The Anime Art of Hayao Miyazaki.  North Carolina: McFarland, 2006, pp. 212.
JOHNSON, Rebecca.  “kawaii and kirei: Navigating the Identities of Women in Laputa:  Castle in the Sky by Hayao Miyazaki and Ghost in the Shell by Mamoru Oshii”.  En Rhizomes.  Issue 14, verano 2007. [en línea] <http://www.rhizomes.net/issue14/johnson/johnson.html (consultado 29/02/2015)
McCARTHY, Helen.  Hayao Miyazaki: master of Japanese animation: films, themes, artistry.  Berkeley: Stone Bridge, 2008.
RUSTIN, Michael; RUSTIN, Margaret.  “Fantasy and reality in Miyazaki’s animated world”.  En Psychoanalysis, Culture & Society.  Suplemento:  Media and the Inner World: New Perspectives.  Vol. 17, No. 2.  Basingstoke:  Palgrave Macmillan, junio 2012, pp 169-184.

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Redacción: Sabrina Vaquerizo (@svaquerizo)

Una Respuesta

  1. Cristina

    Yo creo que es más Jonathan Swift que Taylor Swift. Corregidlo, por favor 🙂 Por lo demás, genial.

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