story of a street corner

Historias de una Calle (1962)
Realizadores: Eiichi Yamamoto y Yusako Sakamoto.
Guion: Osamu Tezuka

Conocido como el padre o el Dios del Manga, pocos son los que nunca han oído hablar de Osamu Tezuka, una de las figuras más influyentes del cómic y la animación japonesa. Creando las primeras historietas dibujadas que se prolongaban entre las páginas y gozaban de guiones mucho más elaborados de lo común, destacó también por ser el creador de la pionera en las series de televisión animadas de su país, dotando de movimiento a la estimable Astro Boy (1963). Y es que este mangaka nacido en Osaka en 1928 supone hoy en día uno de los referentes en uno de los elementos que más destacan en la propagación de la cultura japonesa hacia otros países a día de hoy, es decir, todo lo que envuelve tanto al manga como a los animes y las películas de animación.

Es precisamente por esto último que decidimos focalizar nuestra atención el día de hoy en el maestro nipón. Y es justamente por su voluntad de transportar al medio cinematográfico sus inquietudes, vivencias e ideas personales utilizando la animación como herramienta con la que plasmar la realidad existente de su país. Habiendo padecido las inclemencias de la guerra y siendo conocedor de los horrores de las bombas, antes de crear su propio estudio, colaboró en el año 1962 con los animadores Eiichi Yamamoto y Yusako Sakamoto con tal de llevar una de sus historias originales a la gran pantalla. Se trata del mediometraje de casi 40 minutos de duración titulado Historias de una calle (Aru machikado no monogatari). Una historia cargada de simplicidad formal, diseños sencillos a la vez que empáticos y ciertas secuencias que juguetean desde la lejanía con lo experimental y la abstracción. Un trabajo que despierta nuestra simpatía dotando de vida a unos carteles publicitarios que colorean la ciudad. Algo que contrasta con la irrupción del poder militar, unas amenazantes botas que se superponen violentamente a lo establecido mediante la intimidación. El resultado de todo esto es un canto de Tezuka a sus propias convicciones, una metáfora clara y concisa en la que, como la mayoría de sus compatriotas, se alinea junto a aquellos que creen en la apertura capitalista de Japón, la cual conlleva un crecimiento económico traducido en calidad de vida, en contraposición a la opresión fascista, quien arrastra consigo una vena belicosera cuyo único final es la destrucción masiva del propio territorio. Vivimos un fuerte sentimiento en el que se enfatiza en la envidiable capacidad japonesa de renacer de las cenizas, aprender de los errores y emprender un nuevo destino mucho más esperanzador.

Redacción: Luis Suñer (@luisuner1990)

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