La inauguración de 6º Festival de Granada Cines del Sur comenzaba con una “gala” teatral en la que un director y su ayudante “ensayaban” la gala entre chascarrillos y comentarios sobre la programación, acompañada de unos números de música y bailes. Este festival suele hacer este tipo de producciones para sus inauguraciones y la verdad se pasa un rato agradable.

Tras ella se proyectaba la película inaugural, la indonesia The Mirror Never Lies, un drama familiar en torno a a un grupo étnico realmente desconocido para occidente, los gitanos pescadores indonesios, gente que vive en comunión directa con el mar, con casas suspendidas sobre los bajíos marinos cercanos a la costa y que se dedican a los trabajos del mar. Así nos lo comentaba su directora, Kamila Andini, que remitió una vídeo presentación que se proyectó justo antes de la película, y donde nos instaba a descubrir la vida de este grupo de gente originario de la región indonesia de Watodori.

Esta producción se centra en una de estas comunidades y concretamente en Pakis, una niña cuyo padre ha desaparecido en la mar y ella se ha obsesionado con encontrarlo, centrándose en un espejo que le regalo. También veremos la vida de su madre, que sobrelleva como puede la desaparición de su marido y la falta de ingresos de la pesca de este. En este ambiente llega Tudo, un especialista en Delfines de la ciudad que se hospedará en la casa del desaparecido por decisión de la comunidad.

Si analizáramos un poco la película podríamos encontrar 2 vertientes: Una es la parte documental, que incide en mostrarnos la vida de esta comunidad muy relacionada con la naturaleza y su punto de vista de la ecología y el mar. Esta parte se llena de bellos paisajes, tono costumbrista y un fuerte punto de vista ecológico. Este es a la vez un punto fuerte y flaco de la película, ya que si bien nos deja un estilismo y paisajes dignos de ver, el tono documental prima en la primera parte de la misma y eso hace que nos despeguemos en cierto modo de la historia de Pakis y que nos cueste entrar en ella. La parte de ficción toma el protagonismo en la segunda parte, pasando la parte documental a un plano más sutil (quizás como debería haber tenido toda la película). A partir de este momento podemos empatizar mucho más con Pakis, su amigo Lumo y las relaciones y sentimiento que surgen de por medio. Mucho más amena, sentimental y trascendental, el mar, con cada oleaje, nos traerá cambios y evoluciones, cuando cada cual asuma lo que ha de pasar en su vida.

Técnicamente la película es sobresaliente, con una grabación en muchas ocasiones documental, con planos muy bien conseguidos donde priman, por supuesto, los paisajes y planos abiertos. Sorprende también el gran papel de los dos jóvenes actores que llevan el peso de la película, Pakis y Lumo, con unas interpretaciones que trasmiten y llegan a emocionar, además de alguno de sus amigos, como un muchacho que esta casi siempre cantando, formando estas canciones parte de la propia historia.

La verdad podríamos enumerar muchísimas secuencias con una fuerte carga tanto visual como emocional, y eso en si mismo debería ser un aliciente para todo aquel que quiera acercarse a esta película. Si podéis no os la perdáis.

La primera película de sección oficial de esta sexta edición del Cines del Sur ha sido la japonesa Our Homeland, una complicada película que sigue la estela de la ganadora del pasado año, Dance Town, tratando una temática tan difícil como es los exiliados de Corea del Norte, en este caso los coreano-japoneses que durante la posguerra repatriaron a sus hijos para que buscaran un futuro mejor en su patria original, pero pongámonos en antecedentes.

En los años 50, tras la Guerra y posterior expulsión japonesa de Corea, los coreanos que vivían en Japón eran tratados como auténticos apestados, sufriendo una fortísima discriminación y condiciones de vida muy difíciles. En este ambiente, y por más de 30 años, muchos originarios de Corea del Norte decidieron repatriar a sus hijos en busca de buena fortuna en su patria original, cosa que con el tiempo se vio que no era ni mucho menos la mejor idea. Más de 90000 coreanos regresaron a su país en estos años, dejando familia en Japón y sin posibilidades de volver a este país cuando quisieran. Our Homeland trata este tema contándonos el regreso de un hombre que fue repatriado hace 25 años a Corea del Norte y ahora tiene un permiso especial para venir a Japón a tratar una enfermedad. Aquí se reencontrará con su antigua vida, con su familia a la que dejó atrás, con sus amigos, su antigua novia y con todas las diferencias entre ambos países.

Ya de por sí la temática es dura, sobre todo si nos ponemos en antecedentes sobre el tema, pero es que toda la película está destinada a trasmitirnos los fuertes sentimientos que están siempre en el ambiente durante las relaciones personales de los diferentes personajes, ya sea la alegría del reencuentro, la frustración de la pérdida o la tristeza de lo que pudo ser y no fue. También se deja entrever el fuerte control y las duras condiciones de vida que el régimen norcoreano impone a sus ciudadanos, así como las diferencias entre generaciones que vivieron épocas diferentes de la historia, esto se ve claramente entre el padre de familia y la hija, pertenecientes a generaciones que han vivido una realidad muy dispar y que ven al régimen con ojos diferentes.

No es de extrañar que esta película trasmita con tanta fuerza todo lo que hemos comentado, y es que en si misma tiene un fuerte punto de autobiografía en torno a la directora Yang Yong-hi, que vive una situación similar a la que se nos presenta. Ella también es segunda generación de coreano-japoneses y tiene varios hermanos que viven en Corea del Norte (lo que le acerca directamente al papel de la joven protagonista de esta película), repatriados durante la posguerra. El tema le toca en lo personal y aunque esta es su primera obra de ficción, ya ha rodado documentales en torno a esta temática.

Técnica y formalmente la película es muy japonesa, con ese tempo pausado y lento, el uso de una música minimista, donde prima el solo de piano, la concepción de los planos, la expresión del dolor y la tristeza de forma contundente pero muchas veces sutil, de espaldas a cámara. Todo esto es muy característico y definitorio del drama japones y así es como se compone esta cinta. El apartado interpretativo es correcto en general, con caracterizaciones muy buenas y una fuerte trasmisión de sentimientos, destacando quizás ese papel un poco secundario del controlador norcoreano, que vigila al protagonista y produce una sensación de desazón siempre que lo vemos, representando el yugo comunista que siempre está amenazando. Pero incluso este personaje es humano y tiene familia, por lo tanto esta subyugado a un régimen del que quisiera salir al igual que el propio protagonista, pero al que esta tristemente ligado.

Una película fuerte, dramática, que en mi opinión es una fuerte candidata a ganar este año el premio principal del festival. Pero no adelantemos acontecimientos.

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