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2. Yasuzo Masumura en la Daei. Japón mira a Europa.

La derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial será un hecho que afectará de manera dramática a la población japonesa que había vivido desde los años 30 una auténtica euforia patriótica, fruto de los enormes éxitos del país en su política expansionista por el Pacífico. El pueblo nipón siempre defendió su exclusividad y su superioridad sobre las naciones que le rodeaban. La elaborada política proteccionista que existió en el país durante la era Meiji permitió que una sociedad feudal y poco avanzada consiguiera modernizarse e industrializarse en un corto periodo de tiempo sin (y esto es lo importante) sin perder su identidad ni venderse a las naciones occidentales que habían fijado en Extremo Oriente sus principales intereses económicos en la segunda mitad del siglo XIX. Al revés que la India o China, Japón mantuvo su integridad nacional apelando a que debería introducirse la ciencia occidental, pero siempre controlada por manos orientales. Todo su crecimiento (económico y territorial) de finales del siglo XIX y principios del XX se basa en los éxitos de la revolución Meiji. Sin embargo, esto se corta en 1945, cuando, tras la rendición provocada por las bombas de Hiroshima y Nagasaki, Japón se encomienda al protectorado americano para su reconstrucción y su inserción en el mercado capitalista mundial.

Japón adoptará costumbres occidentales que se integrarán sin dificultad en la sociedad. Y más allá, será víctima del proceso de americanización que se producirá en todo el mundo, una vez EEUU se había coronado como indiscutible potencia mundial (al menos en el bloque capitalista). El plan Marshall en Europa y el plan de Mutua Cooperación con Japón reconstruirán los espacios destruidos (por la propia EEUU en parte), pero a cambio permitirán la introducción masiva y agresiva de la cultura y los productos norteamericanos en estos territorios. Aún así, Japón mantuvo una economía fuerte que no dependiera de la americana (algo que no ocurrió en Europa en muchos casos), pero la influencia americana se puede detectar en muchos aspectos. Uno de ellos es el cine. El más importante director de posguerra, el emperador Akira Kurosawa, es un enorme admirador del cine americano. Su cine recoge espacios e influencias autóctonas, pero pasadas por el filtro de su experiencia como amante del cine americano. En Rashomon continúa el discurso alrededor de la verdad del relato y el punto de vista subjetivo de Citizen Kane. Contagiará al chambara de la épica fordiana. Y su cine policiaco bebe tanto del noir clásico como del impulso existencialista de los Samuel Fuller o Nicholas Ray. Todo esto, obviamente, dentro de la mirada personalísima de uno de los mejores cineastas del siglo XX.

Sin embargo, una de las primeras obras maestras de Kurosawa es Yoidore tenshi (El ángel ebrio), película de vocación marcadamente neorrealista, que mostraba el infierno de supervivencia en el que se había convertido el día a día del hombre japonés. El plano final de la película, con el protagonista perdiéndose entre la multitud se emparenta con el final de Ladri di biciclette (Ladrón de bicicletas), de Vittorio de Sica. Una vena europea que Kurosawa explotó menos que su vena americana a lo largo de su larga y exitosa carrera.

Por ese tiempo, el protagonista de este dossier dedicado al cine japonés, Yasuzo Masumura, era ayudante de dirección en estudios Daiei, al tiempo que terminaba sus estudios de filosofía. Masumura, al igual que muchos jóvenes japoneses, llega al cine casi por casualidad, como actividad complementaria y aprovechando la buena situación del sector en la posguerra, ya que el gobierno americano consideraba que era un buen instrumento de educación y propaganda, por lo que lo potenció enormemente. El factor decisivo en la vida como creador de Masumura es la obtención de una beca para ir a estudiar al Centro Sperimentale de Cinematografia de Roma, lugar donde habían estudiado históricos del cine italiano como Michelangelo Antonioni, Giuseppe de Santis o Pietro Germi y donde Masumura entrará en contacto con la vanguardia italiana que en aquellos tiempos estaba desarrollando el neorrealismo (tuvo como profesores al propio Antonioni, pero también a Federico Fellini y a Luchino Visconti).

A su regreso a Japón en 1954, Masumura regresó a la Daiei como asistente de dirección de las últimas películas del gran Kenji Mizoguchi, que al final de su carrera había abandonado la Toho por la Daiei. Tras la temprana y desgraciada muerte del maestro, Masumura siguió como asistente, en esta ocasión de otro grande como Kon Ichikawa. La industria japonesa siempre trabajaba de esta forma, casi como un gremio en el que los futuros directores tenían que aprender el oficio de los maestros de cada casa. Masumura por fin pudo dirigir su primer trabajo en 1957. Se trataba de Kuchizuke (Besos), un memorable melodrama de inspiración neorrealista. Masumura sacó la cámara a las calles, en la mejor tradición del cine italiano, se empapó de las ciudades en pleno crecimiento, de los barrios pobres, las casas todavía por construir. Los amores efímeros, dañados por una sociedad que únicamente vivía para sobrevivir; los primeros besos, imposibles de recordar… Kuchizuke es una de las más bellas películas japonesas de esta época. Porque además, no pretende imponer ningún tipo de mensaje, ni muestra el habitual estoicismo japonés ante las dificultades. Es una película de una libertad pocas veces vista en el cine japonés, además de una enorme autenticidad, frente a los sistemáticos rodajes en estudio de buena parte de la producción japonesa.

Además, muestra un importante cambio de mentalidad. Cambio marginal, pero cambio al fin y al cabo. Y es que frente a la importancia de la cultura y el cine americano, Masumura reclamará la herencia de otro cine. El cine italiano que había aceptado el desafío que le había lanzado la propia Historia: filmar las imágenes del mundo. Mostrar al cineasta como responsable de las imágenes que producía, no únicamente como un comunicador de ideas o como un prestidigitador encargado de entretener al público. El cine como encargado de mostrar las dificultades del hombre de su tiempo, su relación con un entorno agresivo. Kuchizuke mostrará el camino a los futuros cineastas que intenten proclamar su independencia creativa y sus deseos de ir más allá de las intenciones de los estudios. La película de Masumura está realizada con la rabia de un debutante y, de haber sido descubierta en la época en la que fue realizada, ahora sería hermana de las óperas primas de Jean-Luc Godard, Tony Richardson, Andrzej Wajda y otros directores que hoy son conocidos como padres del cine moderno.

Pero al revés que estos, Masumura no encontró en Japón una plataforma que le permitiera rodar sus proyectos con independencia. En el archipiélago, el sistema de estudios seguía prácticamente monopolizando la producción de películas y no sería hasta mediados de los 60 cuando empiezan a desarrollarse las productoras independientes. Así que Masumura, para poder tener un trabajo regular, tuvo que convertirse en un director de estudio, atendiendo a múltiples géneros, desde el melodrama a la comedia, pasando por el cine bélico o el yakuza-eiga. Esto permitió que el cineasta tuviera una prolongada e ininterrumpida carrera en los estudios Daiei, hasta que estos entraron en crisis a mediados de los 70. Contó además con una inusual libertad creativa, tras varios éxitos comerciales, de la que no disfrutó ningún otro gran director de los que trataremos en este dossier.

El mismo año que Kuchizuke, Masumura estrenó también Ao-zora Musume (La chica de azul), un melodrama impresionista, con fotografía en color, de gran belleza. Supuso además el primer encuentro entre Masumura y la que será su actriz fetiche, Ayako Wakao, a quien ya conocía de La calle de la vergüenza, en la que el cineasta actuó como asistente de Mizoguchi. Masumura y Wakao rodarán juntos casi una veintena de films, quizás los más famosos sean Karakkaze yarô (Miedo a morir), interpretada también por Yukio Mishima, y Akai tenshi (Angel rojo), alrededor de una enfermera en el campo de batalla de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el gran triunfo de Masumura con Ayako Wakao fue el de llevar su adolescencia hacia la madurez. En una de sus obras maestras, Manji (Esvástica), el cineasta muestra a la actriz como objeto de deseo, como figura de placer incontenible e inalcanzable. Algo que se repite en la muy turbia Irezumi (Tatuaje), donde una mujer es obligada a convertirse en geisha y, a partir de un tatuaje que realizan sobre su espalda, se termina convirtiendo en una devoradora de hombres, empujándolos hacia la fatalidad.

A través de la deslumbrante fotografía y sus elaborados encuadres, el cine de Masumura parece enfrentar al hombre común ante la belleza del mundo. En esta confrontación, el individuo es inevitablemente el perdedor. Inexorable perdedor que sin embargo, se siente atraído por esa belleza que Masumura simboliza, como no podía ser de otra manera, en la mujer. Y en nuestro mundo contemporáneo, dominado por espacios grises y homogéneos, que limitan o anulan nuestros sentidos, el hombre lucha desesperadamente por encontrar la belleza. Esto llega hasta sus últimas consecuencias en otra de sus obras maestras, Môjû (Bestia ciega), obra sadomasoquista sobre la creación artística en la que un escultor ciego intenta llevar hasta el paroxismo sus obsesiones artísticas secuestrando a una mujer y utilizando su cuerpo como modelo para crear la más perfecta obra de arte. Masumura, que había comenzando con una pieza poética y esperanzadora como Kuchizuke fue poco a poco contagiándose por el pesimismo, quizás porque aquella oportunidad para un nuevo comienzo de la Humanidad tras la barbarie de la guerra, que vio (al igual que los neorrealistas italianos) en sus años de juventud, nunca terminó de llevarse a cabo. Su obra queda en la Historia del cine japonés como la primera que se preguntó de manera adulta sobre la complejidad del ser japonés en su individualidad, sobre los efectos psicológicos de la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias, sirviendo de ejemplo para los cineastas que trataremos a continuación.

– Besos (Kuchizuke, Yasuzo Masumura, 1957)
– The blue sky maiden (Ao-zora Musume, Yasuzo Masumura, 1957)
– Miedo a morir (Karakkaze yaro, Yasuzo Masumura, 1960)
– Pasión (Manji, Yasuzo Masumura, 1964)
– Red Angel (Akai tenshi, Yasuzo Masumura, 1966)
– Bestia ciega (Moju, Yasuzo Masumura, 1969)
– Juegos (Asobi, Yasuzo Masumura, 1971)

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2 Respuestas

  1. eljabato4000

    Perdona, pero no has incluido en la lista “Heitai yakuza” del 65 por algo.

    Gracias por el artículo/s son estupendos.

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  2. Jorge Endrino
    Jorge Endrino (Alikuekano)

    Bueno los artículos no son mios sino pertenecientes a una serie retrospectiva que se publicó en Allzine por Janusz. La lista de películas que aparecen al final son más que nada una muestra del cine que se trata en el artículo, siempre a elección del redactor.

    Que estén unas u otras tampoco te se aclarar el porque, ni significa que sean mejores o peores, simplemente esta ha sido la elección del articulista.

    Un saludo 🙂

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