Comenzamos nuestra cuarta crónica en torno al cine asiático que pudimos disfrutar en el pasado Sitges Film Festival con Outrage Coda, el cierre de la trilogía yakuza más reciente del director japonés Takeshi Kitano, una película que realmente no esperaba, no porque no tuviera ganas de ver, sino porque creo que el cierre de su segunda parte era ya muy satisfactorio y esta no era realmente necesaria. Después de verla sigo pensándolo.

Los que sigáis la web desde hace algún tiempo sabréis que el cine de Yakuzas clásico me gusta mucho, tanto el de corte más romántico y caballeresco –Nynkio Eiga– como el mas crudo y violento –Jitsuroku Eiga-. Un arquetipo muy común de este tipo de cine clásico, sobre todo de películas de realizadores como Kinji Fukasaku, era su narrativa, donde generalmente se presentaban una serie de clanes yakuza que luchaban entre si a base de traiciones, decenas de personajes y muchas relaciones cruzadas. Todo esto solía conducir a que los protagonistas acabaran hastiados y emprendieran una -o varias- escenas violentas contra sus enemigos. Siempre he pensado, salvando las distancias, que el cine yakuza de Takeshi Kitano era la parte final de aquellas películas, presentándonos desde un primer momento un personaje principal a vueltas de todo, que recurre a la violencia como única forma de expresión. Con la saga Outrage, Kitano cambiaba de tono y se centraba en las luchas de clanes y la violencia “institucional”, era como grabar ese comienzo de las películas clásicas que el nunca había grabado. Yo defiendo Outrage y su segunda parte como películas muy bien llevadas, sobre todo el final de su segunda parte, que me parece magistral.

En este caso volvemos a lo mismo de siempre con Otomo refugiado en Corea haciendo sus chanchullos y una nueva lucha de poder dentro del clan yakuza que los llevara a un constante juego de traiciones, recurriendo a Otomo en última instancia que volverá a Japón con su violencia acostumbrada.

Sinceramente la combinación no me convenció. A pesar de ser lo esperable y no aportar nada realmente nuevo o interesante al género, ni a la propia saga, todo me pareció demasiado “extremo”: los constantes bailes de personajes, su primera parte densa y espesa, casi cansina, los momentos de acción grabados de una forma tan directa y contundente que casi no parecían pegar con el resto… Todo era tan típico y a la vez tan “extremo” en sus diferentes partes que en muchos momentos tuve la sensación de estar viendo una caricatura de una película de yakuzas, llevando todo al límite lo esperableo, fuera la lucha de clanes, fuera la violencia, fuera la sobriedad. Esto, añadido a que iba predispuesto a pensar en lo innecesario de la película, me llevó a pensar que quizás, solo quizás, Kitano estuviera volviendo a reírse del público, haciendo una película que es casi una caricatura de lo que se espera de ella. Quien sabe.

He de reconocer que tenía muchísimas ganas de ver Have a Nice Day, ya que tener la oportunidad de adentrarse en la animación china y encima con una historia nada típica, oscura, sucia y directa, me llamaba mucho la atención. Pensaba encontrarme algo del estilo de la coreana King of Pigs, una animación algo burda y personal, una historia dura y con fuerte crítica social, y un resultado oscuro e impactante. Quizás tenia demasiadas expectativas, pero me equivoque en casi todas mis esperanzas.

La película narra la historia de una bolsa de dinero, una bolsa de dinero que un día desaparece, aparentemente robada por un tipo normal, y en la que todo el mundo quiere meter mano, sean asesinos a sueldo contratados para recuperarla, sean delincuentes de medio pelo que quieren aprovechar la situación, sean personas normales y corrientes que ven en ella una forma de salir adelante. Avaricia es la palabra clave que define como evoluciona la historia, y como llega todo a desembocar en su final. Esta historia empieza de una manera sobria, con conversaciones aparentemente intrascendentes y personajes que entran y salen, mostrándonos como poco a poco cada uno de ellos va desatando su interés, y la ya comentada avaricia, por esa desaparecida bolsa de dinero. Esta sobriedad no cambia en casi toda la película dándole un tono monótono, que acompaña un doblaje nada emocional y que a mi me pareció pobre, haciendo que durante buena parte de la misma, hasta casi su último tercio, aparezca el tedio, ya que tampoco te narran nada original o novedoso. Quieres ver a donde llega, y su último tercio me gustó, pero no es el sumun del entretenimiento.

Lo que de verdad me mató de la película es su animación, digna de cualquier serie en Flash de las que proliferaban en internet antes incluso de ponerse de moda Youtube. Una animación corporal pasable en general pero con momentos totalmente ortopédicos, coches que se notaba eran cartones moviéndose por un fondo, bocas con solo dos movimientos… Esto no es nada extraño en la animación de bajo presupuesto china, pero es que a mi me sacaron totalmente de la película. Cada vez que veía moverse un coche me ponía hasta nervioso y eso hizo que realmente no me gustará prácticamente nada, a pesar de que salvo algunos momentos y su tramo final -soy de quedarme con lo bueno, al menos eso intento-.

La ultima sesión de esta entrega fue también de animación, en este caso un programa doble al que asistí casi por casualidad compuesto por el mediometraje, de unos 45 minutos de duración, Cocolors, y el largo francés, pero con fuerte presencia japonesa, Mutafukaz.

Cocolors nos traslada a un mundo pos-apocalíptico donde la guerra ha contaminado la atmósfera del planeta y los restos de la humanidad son forzados a vivir bajo tierra y pasar su existencia dentro de un traje protector. Un joven mudo, que se comunica solo mediante sonidos de un pequeño instrumento, sueña con salir al exterior a buscar los colores que antes poblaban el mundo, y dejar atrás su universo grisáceo.

Con dirección y guión de Toshihisa Yokoshima, que ya ha realizado algunos cortos de ciencia ficción como Amanatsu, esta producción me trajo enseguida a la memoria en su diseño de producción a las obras futuristas cyberpunk de Katsuhiro Otomo, y eso hizo que me llamara la atención desde un primer momento. La historia se desarrolla lenta y pausada, típica de lo que cabría esperar, casi aburrida por momentos, pero ese tono tan extremo y sobrio en su concepción, que también me trajo a la mente Blame!, me tuvo absorto durante todo el metraje. La película utiliza técnicas de animación CGI que tan de moda están actualmente, véase Knights of Sidonia o la nueva adaptación de Blame! para Netflix, y debo decir que odio este tipo de animación, sobre todo por lo irreal de su resultado y forzado de su iluminación, pero en este caso creo que no le queda mal y se ha sabido suavizar los defectos tan comunes en este tipo de productos.

No me detendré mucho más, creo que a los amantes de ese tipo de historias pos-apocalípticas con desarrollo lento y clara moraleja les llamará la atención.

La segunda película de la tarde, y la obra principal de esta sesión, era la francesa Mutafukaz, basada en la obra del conocido dibujante de cómic RUN, de nombre real Guillaume Renard, que comparte la dirección con el veterano Shoujirou Nishimi, bajo el paraguas del estudio japonés 4ºC.

La historia nos presenta a Angelino, un tipo feo y aparentemente sin importancia que sobrevive en los suburbios de la depravada Dark Meat City. Tras un accidente comienza a experimentar violentos dolores de cabeza y extrañas alucinaciones sobre ciertas personas que le rodean. Él y su colega, un tipo con la cabeza cadavérica y pelo de fuego -a título descriptivo, no tiene la más mínima trascendencia- descubrirán que van tras ellos, desatando una huida y la búsqueda de la verdad sobre la esencia misma del propio Angelino.

He de partir de la base de que no conozco la obra original de RUN, con lo cual no puedo apreciar la adaptación en toda su dimensión o que arcos argumentales del propio cómic detalla, pero si puedo decir que me lo pase muy bien viéndola. La animación es terriblemente personal, desde todo el diseño de personajes, en su mayoría humanos pero en otras ocasiones mucho más excéntricos -Angelino es un enanito de grandes ojos y color negro, su colega el calaveras y otro amigo que más parece un perrete humanizado con aparato dental- hasta la propia Dark Meat City, que se nos presenta como una urbe fría y peligrosa, llena de bandas, drogadictos y graffitis. La animación tiene un estilo muy europeo en el dibujo, nada de reminiscencias del anime japonés. A todo esto añadimos muchos toques de acción, ciencia ficción, locura y humor, mucho humor, a veces bastante oscurillo, y tenemos un cóctel realmente divertido. Animación para adultos con momentos bastante brutos y un ritmo que no decae en todo el metraje, dejándonos con ganas de más, al menos a mi.

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