Japón, en torno a la década de 1860. La llegada de fuerzas extranjeras está cambiando la mentalidad del país y muchos señores feudales están en contra de como el gobierno actual trata sus relaciones internacionales. El Shogunato Tokugawa empieza a perder apoyos y generar rencores que desembocarían en la creación de facciones que abogan por reponer el poder del emperador, derrocar el Shogun y cambiar el rumbo del país. Como es de esperar, otras facciones quieren lo contrario, mantener al Shogun y recuperar el honor y las costumbres del bushido. Así surge el Shinsengumi, uno de los grupos mas conocidos de partidarios del Shogun en sus últimos años, recordemos que en 1868 se desatarían las Guerras Boshin, que darían lugar a la restauración Meiji. Esta es una época muy interesante que daría para hablar mucho, les encomiendo a leer algo de información sobre esta época se les resulta interesante la historia japonesa.
Shinsengumi Chronicles -新選組始末記, 1963- es una de las primeras películas que trata directamente la historia de este grupo. Basada en una novela del escritor Kan Shimozawa, conocido autor creador del personaje de Zatoichi -que el propio Kenji Misumi adaptó poco antes al cine en The Tale of Zatoichi-. Lo primero que sorprende, si uno investiga un poco, es el rigor histórico que posee esta obra, tratándose, además, de una pieza de entretenimiento. La mayoría de los personajes están basados en personajes reales, figuras destacadas del grupo militar.

Un hombre se ve crucificado en las afueras de Kyoto. El cartel que acompaña al cadáver afirma que es un comerciante y lo mató el Shinsengumi, hay quienes sospechan que lo hizo otro grupo para desprestigiaros. Kyoto esta bañada en sangre por los enfrentamientos entre los leales al Shogun y los leales al emperador. Susumu Yamazaki (Raizo Ichikawa) es un ronin que anhela vivir, y morir, como un verdadero samurái, pero su mujer, médica, no entiende como puede desear morir adentrándose en las luchas que asolan la ciudad. Un día Yamazaki encuentra un samurái moribundo tras un combate y le ofrece morir dignamente, pero este está desesperado por vivir a pesar de sus heridas. Este encuentro provoca que conozca a los Shinsengumi y quede fascinado por el honor que demuestra Isami Kondo (Tomisaburo Wakayama), uno de sus lugartenientes.
El Shinsengumi tiene normas estrictas que anteponen el honor sobre lo personal, pero Yamazaki deberá enfrentarse a la realidad: lideres corruptos, movimientos de poder interno y la parte más sucia de ser un combatiente. “¿Qué somos, matones extorsionadores?” llega a afirmar en cierto momento. Incluso su fe en Isami Kondo se verá puesta a prueba tras la muerte del líder del grupo y el ascenso de este al poder. El aparente honor se torna desconfianza, se torna traición, movimientos de mala fe, muertes e intereses personales. Se torna enfrentamiento y muerte, en un apabullante tramo final, que concluye con un desfile de la victoria y un montón de cadáveres, bajo al atenta mirada de la mujer de Yamazaki.

A nivel de historia volvemos a esa representación de la parte más amarga y sucia del espíritu del Bushido, de una época de enfrentamientos intestinos y guerra civil en tiempos de abrupto cambio. En lo formal tenemos a Kenji Misumi haciendo lo que mejor sabe hacer, quizás no tan visualmente abstracto como en otras obras pero dejándonos momentos de gran simbolismo visual -como el juego mental que es unir principio y final de la película como si fueran una sola escena- y de una violencia cruda y visceral, aunque en este caso no especialmente gráfica. Aquí y allá nos encontramos largas escenas en plano secuencia, peculiares movimientos de cámara y encuadres, juegos de luces y sombras…
Otra de las películas que he recuperado estos días ha sido Mushuku Mono -無宿者, 1964-, conocida internacionalmente por títulos como Homeless Drifter o On The Road Forever. Su titulo, en su japones original, hace referencia a una especie de jugador vagabundo o luchador errante, algo así como lo que representa muy fielmente el personaje de Zatoichi. Y precisamente Zatoichi me venia a la mente constantemente mientras la disfrutaba, seguramente por esa representación del vagabundo que llega a un nuevo lugar donde un Oyabun Yakuza subyuga al pueblo terminando en un enfrentamiento, ambientación más que típica en este tipo de películas que se vendrían a definir como “Matatabi”, cine de yakuzas ambientado en el periodo Edo.
Ipponmatsu es un “cuervo errante”, un vagabundo que recorre el camino en su búsqueda de un comerciante o jugador que hace unos años se ha hecho rico de la noche a la mañana y que usa su riqueza para oprimir a otros. Según sus pesquisas, este personaje está implicado en un robo que provocó la muerte de su padre. A este impetuoso vagabundo lo acompaña Kuroki, luchador venido a menos que tiene su propia búsqueda, limpiar el nombre de su padre, que desapareció durante un robo de oro hace unos años. Al llegar a un pueblo desolado donde un prestamista captura a sus deudores para enviarlos a trabajar a las minas de la isla de Sado, el choque entre ambos es inevitable al sospechar Ipponmatsu que el padre de Kuroki es el asesino de su padre y el jefe yakuza que oprime al pueblo.
Nos encontramos ante una de mis interpretaciones favoritas de Raizo Ichikawa en su papel de luchador errante impetuoso y pragmático. Para él un combate no se gana con habilidad sino con ímpetu explosivo y así lo demuestra en las numerosas secuencias de acción de la película, con peleas y combates por doquier. Kuroki, también magníficamente encarnado por Jun Fujimaki, es un luchador clásico y habilidoso, pero tiene una especie de miedo terrible a matar y no es capaz de mantener un enfrentamiento abierto. Ambos personajes representan un interesante contrapunto, sobre todo en su forma de afrontar su enfrentamiento personal.
No diré que la película tiene un guion original o intrigante, pero si que es ágil, entretenida y con muchas vueltas de tuerca que esconden varias sorpresas, amen de mucha acción al estilo de la época, no muy gráfica pero si bien rodada. En definitiva, un interesante drama sobre la obsesión, la amistad y las relaciones paterno filiales, esto último con acercamientos tan interesantes como los recuerdos de Ipponmatsu de su propio padre, que afirma que “le pegaba para convertirlo en un hombre” y que huyó de casa tras devolverle uno de sus golpes. Y aún así, se ve en la obligación de vengar su muerte y de recordarlo con cariño.

Rodada en color y formato panorámico, esconde, como no podía ser de otro modo, el claro estilo visual y la artesanía de la imagen de Kenji Misumi. Me gusta especialmente su ambientación en un caluroso verano en la costa, lleno de primeros planos donde el sudor y el canto de las chicharras realzan la tensión y ese aire sofocante y, a veces, decadente que tan bien represente el director.



