Tomisaburo Wakayama nació en el seno de una familia de tradición en el teatro kabuki, en el que trabajaría desde muy pequeño junto a su hermano Shintaro Katsu. Desde su adolescencia se dedicó al estudio de las artes marciales, más concretamente del Judo, y cuando decidió dejar el teatro hastiado del mundo de la farándula continuó sus entrenamientos. Los estudios de aquella época buscaban talentos para sus jidaigeki y realizaban insistentes ofertas al maestro de Judo que terminó fichando por la ShinToho y comenzando una prolífica carrera dentro del cine de época. En occidente sus interpretaciones más icónicas son sin duda las de Itto Ogami, kaishakunin renegado en la saga Lone Wolf and Cub, pero pocos años antes protagonizaría la saga The Bounty Hunter, compuesta por Killer’s Mission (賞金稼ぎ, 1969), The Fort of Death (五人の賞金稼ぎ, 1969) y Eight Men for Death (賞金首 一瞬八人斬り, 1972)
Killer’s Mission está dirigida por Shigehiro Ozawa, quien realizó toneladas de películas de yakuzas y gamblers, de las que tanto gustaba la Toei, protagonizadas por estrellas como Junko Fuji o Koji Tsuruta, si bien es conocido por los aficionados al cine de acción japonés por la trilogía de The Street Fighter (1974-1975), violenta respuesta japonesa al cine de Bruce Lee con un desatado Sonny Chiba dando vida a Takuma Tsurugi, mercenario experto en artes marciales que se enfrentará a la mafia, las fuerzas gubernamentales y a quién haga falta para cumplir con sus misiones. Un antihéroe violento en películas de crudas coreografías y altas dosis de violencia que son ya cintas de culto del cine popular. De hecho, ambas trilogías comparten guionista en la figura de Koji Takada, hombre tras obras como Doberman Cop (1977), Hikuriku Proxy War (1977), The Fall of Ako Castle (1978) o varias entregas de New Battles Without Honor and Humanity, entre muchas otras.

En la primera de las tres aventuras que vive Shikoro Ichibei (Tomisaburo Wakayama), se nos presenta un barco holandés que ha llegado al país para comerciar con fusiles, sin embargo el Shogunato los ha expulsado pero ellos han acabado en Kyushu tentando a uno de los clanes. En ambos bandos hay dirigentes que quieren la paz y otros que quieren la guerra, y desde el gobierno se encarga al mercenario y espía Shikoro Ichibei que vaya al sur a investigar el asunto y haga lo posible por evitar la guerra. En su viaje se cruzará con una serie de variopintos personajes: Un ronin miedoso se que no se separa de Ichibe esperando ser su ayudante; Kagero, una mujer fuerte y capaz que pronto veremos esconde intereses en el asunto; y Akane, una ninja al servicio de los enemigos de Ichibei que terminará perdidamente enamorada de él.
A finales de la década de 1960 en Japón se vivía una moda del cine de espías estilo 007 y esta es sin duda una respuesta a ese moda, pero su mezcla de géneros la hacen interesante y entretenida. Básicamente cine de época, Ichibe no deja de ser una especie de 007, espía hábil y resolutivo con un cinturón lleno de gadgets que usar para sobrevivir, simulando ser un ciego para infiltrarse en un fuerte (y con un parecido enorme a su propio hermano en sus papeles de Zatoichi) o sacando la espada en crudas y violentas escenas de acción. La cinta incluye acción balística ya que veremos el uso de pistolas y rifles, lo que acentúa el aire moderno de la misma. Sin embargo, Ichibei no es ese héroe infalible, se ve en apuros, debe huir para sobrevivir e ingeniárselas en más de un momento, esa humanización me ha gustado especialmente y es que a pesar de su esencia de thriller de acción y entretenimiento la película se permite escenas dramáticas y reivindicativas, lo que le da más interés a su fondo. La banda sonora de Masao Yagi es otra clara referencia al cine de espías y acción balística tanto occidental como de otras obras de la Toei, aunque, curiosamente, abraza el western en su tramo final dando un nuevo tono a esa parte de la película.

Siempre gusta ver a Tomisaburo Wakayama en plena forma, con sus coreografías ágiles y violentas, rápidas y dinámicas. Wakayama se especializó en le arte del desenvaine de la espada, por eso sus movimientos rápidos suelen terminar con la espada entrando lentamente en la vaina para acto seguido pasar al siguiente espadazo. Marca de la casa. También hay que destacar la presencia de la siempre carismática Yumiko Nogawa en el papel de Kagero, y de Tomoko Mayama como Akane, que repetiría en la siguiente entrega de la saga.
The Fort of Death se estrenaría en diciembre de ese mismo 1969 bajo la dirección de Eiichi Kudo. En esta ocasión los campesinos de un humilde feudo se ven ahogados a impuestos por los caprichos de su señor y deciden que si no son atendidas sus reivindicaciones se atrincheraran en el fuerte Enoki. Algunos emisarios salen en busca de ayuda y recurren al médico y mercenario Shikoro Ichibei, que convoca a sus antiguos camaradas, entre ellos la ninja Akane, para ayudar a los campesinos a la defensa del fuerte.
Leyendo la sinopsis es inevitable que no nos venga a la cabeza Los Siete Samuráis de Akira Kurosawa y es que este tipo de guiones siempre nos llevarán a esta mítica obra de la cinematografía mundial. Pero quiero incidir en quién está detrás de esta película y es que Eiichi Kudo ya dirigió durante la década de 1960 su conocida trilogía “Samuraí Revolution” compuesta por 13 Assassins (1963), donde 13 samuráis leales organizan un complot para asesinar a un señor déspota y desquiciado antes de que ascienda a un puesto de mayor rango; The Great Killing (1964), en donde un grupo de samuráis rebeldes y jóvenes idealistas planean asesinar a uno de los regentes antes de que consume su intento de usurpar el poder; y Eleven Samurai (1967), donde un señor asesina a un samurái de un clan rival por un asunto trivial, el Shogunato castiga al clan del asesinado y unos guerreros leales planean venganza ante esta injusticia. The Fort of Death bien podría ser una secuela de estas películas, por su lucha contra señores injustos, sus largas escenas de acción, combates masivos y crudas escenas dramáticas.

En esta ocasión la cinta pierde su aire de cine de espías y se centra en esa especie de revisión de la obra anterior de Kudo y un regusto a western mucho más marcado. Es curioso como se presenta de forma más intensa la profesión médica de estilo occidental de Ichibie, aunque queda casi para fines cómicos en un primer momento, y la fuerte presencia de armamento variado que marca el devenir no solo de las batallas, sino de parte del guion. Buena parte de la acción a nivel de batalla es balística, incluso con una ametralladora Gatling que los enemigos intentarán robar para eliminar la ventaja de los defensores. Poco importa que en aquella época ese tipo de armas seguramente no se hubieran inventado aún, la cosa era poner sobre la mesa el hecho de que los tiempos de los samuráis empezaban a cambiar, de que los combates con la espada empezaban a verse superados por cañones o armas de fuego.
Esta es una película donde es fácil dejarse llevar por su acción, pero contiene escenas que le dan un fuerte aire melancólico y oscuro. Una mujer abraza a su bebe fallecido mientras ríe sumida en la locura, un páramo se llena de cadáveres tras una batalla haciendo ver que la victoria es, en la mayoría de las ocasiones, amarga. Eiichi Kudo nos muestra la desolación, la muerte y la futilidad como él sabe hacerlo.
Habría que esperar prácticamente 3 años para que Shigehiro Ozawa volviese a retomar la saga en Eight Men to Kill, contando con buena parte del equipo técnico de la primera entrega y con un Wakayama que ya había estrenado varias de las entregas de Lone Wolf and Cub. En esta última película el jovial y sereno Doctor Ichibei, mercenario a tiempo parcial, deberá investigar el robo de un gran cargamento de oro que se le achaca a un conocido criminal. En su investigación acabará enfrentado a un ronin interesado y a la hermana del criminal acusado que cree que ha sido asesinado por Ichibei, mientras descubre la verdad sobre el oro.
La película toma la iconografía del personaje y la explota en su totalidad. Ichibei recupera parte de su aire de espionaje con gadgets e infiltración, también su parte médica, que se permite acupuntura y varias operaciones de cirugía. La década de 1970 puso énfasis en la exploitation en todas sus formas, sublimando la violencia, la sangre y la sensualidad, cuando no sexualidad, de buena parte del cine de género. Eight Men to Kill no es ajena a este movimiento y es más sensual que sus antecesoras, con su correspondiente escena de sexo y algún desnudo de por medio. La acción también es violenta y sangrienta cuando es necesario, manteniendo ese aire a western en la banda sonora y en los escenarios donde el viento sopla levantando intensas polvaredas. Incluso, como en algunos spaghetti míticos, a Ichibei le sigue un mudo que es el enterrador del pueblo, recogiendo los cadáveres que va dejando.
Siempre gusta ver en pantalla a Shigeru Amachi, en este caso en el papel de ese malvado ronin capaz de amenazar a un niño para obtener su propio beneficio. Amachi, al igual que Wakayama, comenzó en el mundo del cine fichando por la ShinToho participando en numerosas películas de época y cintas de acción balística, destacando obras como Jigoku (1960) y The Ghost of Yotsuya (1959), ambas de Nobuo Nakagawa, o la saga “Lines” de Teruo Ishii.

El cierre de la trilogía Bounty Hunter sigue una línea no muy diferente a sus antecesoras, si bien la novedad y mezcla de géneros de la primera y el sello de acción y drama de Eiichi Kudo en la segunda, dejan esta tercera entrega como algo un poco menos memorable.



