Reseñas

Samurai Wolf I y II (Hideo Gosha, 1966)

El cine nunca ha sido algo estático, cerrado a esquemas estrictos o arquetipos grabados en piedra. El cine, como cualquier expresión artística, siempre ha permeado géneros y estilos, ha dado obras inclasificables según las etiquetas del momento y ha sufrido influencias y mutaciones constantes. El intercambio entre el cine de samuráis (chanbara) y el western, tanto estadounidense como europeo, es, quizás, uno de los diálogos artísticos más fascinantes y fiel reflejo de lo que comentaba. Ya uno de los directores japoneses más conocidos del género, Akira Kurosawa, era un claro aficionado a los westerns clásicos de John Ford y esa influencia puede verse en obras maestras como Los siete samuráis (七人の侍, 1954) y Yojimbo (用心棒, 1961). Ambas películas no tardaron en hacer el viaje de vuelta hacia occidente, la primera de ellas a Estados Unidos en Los siete magníficos (1960) y, la segunda, con polémicas incluidas, hacia Europa en Por un puñado de dólares (1964), conocido spaghetti western de Sergio Leone. Así, las dinámicas de los espadachines errantes moldearon directamente la figura del pistolero solitario y cínico europeo.

Hideo Gosha se consolidó como uno de los directores más vanguardistas del cine de acción japonés gracias a su enfoque visceral y realista del chambara. A diferencia de las producciones clásicas de la época, que idealizaban la figura del samurái bajo un estricto código de honor, Gosha prefirió retratar a ronin desaliñados, cínicos y marginados, movidos puramente por el instinto de supervivencia. El director comenzó su carrera en la televisión antes de dar el salto al cine con Three Outlaw Samurai (三匹の侍, 1964). Más adelante, fascinado por el cine de Sergio Leone y el carismático estilo de Clint Eastwood, Gosha adoptaría en sus siguientes obras un enfoque más crudo y estilizado. Este intercambio volvió de nuevo cuando El bueno, el malo y el feo (1966) tomó elementos de la ópera prima de Gosha, consolidando una estrecha relación estética entre ambos géneros geográficamente tan distantes.

Gosha asimiló ese fuerte estilo western y las innovaciones visuales de Leone -como los primeros planos de miradas sudorosas y el uso dramático del sonido- y él mismo se referiría a muchas de sus películas de género como «westerns del Monte Fuji». Una de las que considero más representativas es, sin duda, el díptico que forma Samurai Wolf y su secuela.

Samurai Wolf (牙狼之介, 1966) nos presenta a Kiba Okaminosuke, el “Lobo Furioso”, al que da vida el carismático Isao Natsuyagi. Kiba es un ronin desaliñado y de aspecto salvaje que viaja por los caminos guiado no tanto por un código de honor abstracto, sino por un instinto de supervivencia y una brújula moral muy personal. En los títulos de crédito lo vemos comiendo con avidez en una pequeña posada para luego admitir alegremente que no tiene dinero para pagar. Sin embargo, no es un criminal; compensa su deuda trabajando, lo que demuestra desde el principio que, a pesar de su aspecto rudo, posee un sentido intrínseco de la justicia.

No pasará mucho hasta que presencie como un grupo de mercenarios mata a varios hombres que transportan un cargamento oficial y decide llevar sus cadáveres al puesto de transporte para entregarlos a sus compañeros. Allí se verá inmerso en un enfrentamiento entre Ochise, una mujer ciega que lucha por mantener el control de la estación de mensajería que regenta, y Nizaemon, un líder local corrupto que quiere apoderarse de la ruta comercial para explotarla en su propio beneficio. Kiba decidirá ayudar a Ochise en el transporte oficial de una gran cantidad de moliendas de oro.

Nizaemon termina contratando a un ronin llamado Sanai, un espadachín nihilista que actúa como el reflejo oscuro y trágico del propio Kiba. Sanai, más allá de su trasfondo negativo, sería el ejemplo de samurái de gran habilidad y estilo que hubiera protagonizado una película de acción chanbara en la década anterior.

Esta película, quizás eclipsada por otras obras del mismo director, es puro cine de género y encapsula todo ese intercambio que comentábamos al principio de este texto. En su estilo destaca una intensa puesta en escena tanto en lo visual como en lo narrativo, donde abundan los primeros planos, los planos construidos a base de reflejos -como en la primera conversación entre Ochise y Kiba, donde en las diferentes secuencias uno de ellos siempre está reflejado en la hoja de la espada de Kiba mientras hablan-, las composiciones de alto contraste con un blanco y negro apabullante y un uso intensivo de la música y los efectos de sonido para acentuar la tensión. Muchos de sus enfrentamientos anulan totalmente música y sonido, escuchándose tan solo el golpe de las espadas o un corte en la carne de un contrincante mientras la acción evoluciona en cámara lenta. Poco a poco el sonido se va intensificando, aparecen nuevos efectos, la acción cobra velocidad y la música vuelve. En todos estos aspectos hay que alabar el trabajo del director de fotografía Sadaji Yoshida y el compositor Toshiaki Tsushima, sobre todo este último crea una pieza musical principal a ritmo de armónica llena de estridentes efectos sonoros que bien podría acompañar a Clint Eastwood en su camino hacia el sol poniente.

Su acción se caracteriza por la brutalidad y el caos de sus combates. Gosha, quien tenía un profundo conocimiento de las artes marciales al ser un experto practicante de kendo y poseer un cinturón negro en judo, despoja a las peleas de la elegancia teatral del kabuki tradicional. El director impone combates sucios, rápidos y desesperados; los personajes jadean, muestran miedo, tropiezan en el barro y recurren a cualquier táctica para sobrevivir.

Con una duración ajustada, de poco más de 70 minutos, y un ritmo implacable, Samurai Wolf ofrece una visión fresca, enérgica y profundamente entretenida del género de la época.

Su secuela, Samurai Wolf II (牙狼之介 地獄斬り, 1967), vería la luz tan solo unos meses después y contaría con el mismo equipo técnico y el protagonismo, de nuevo, de Isao Natsuyagi. Este actor pertenecía a una nueva generación de intérpretes ajenos al teatro tradicional o al kabuki, habiéndose formado específicamente en la Bungakuza Actors School. En mitad de la crisis que sufrían los grandes estudios cinematográficos japoneses en la década de 1960 debido al auge de la televisión, productoras como la Toei decidieron dar un giro radical a sus propuestas. Para recuperar al público joven, apostaron por un cine mucho más visceral, crudo y de explotación (lo que se denominó zankoku eiga), un marco industrial idóneo para el debut de Natsuyagi, tal y como lo fue para el del propio Hideo Gosha. Tras graduarse en 1966, Natsuyagi ficha por la Toei y Samurai Wolf se convertiría en su debut como protagonista, aportando una frescura y una energía salvaje que rompieron, en parte, con el arquetipo del samurái rígido y formal de la época clásica.

En esta ocasión Kiba se topa con unos ronin que intentan abusar de una joven, salvándola. Oteru no parece en sus cabales y se abalanza sobre él en actitud seductora, pero Kiba la rechaza caballerosamente. Poco después se cruza con un transporte de prisioneros y decide compartir con ellos algo de su agua, ya que la del río baja contaminada por la antigua mina de oro, y en ese momento conoce a Magobei, un fugitivo que se parece mucho físicamente al padre de Kiba, lo que hace que el joven ronin tenga sentimientos encontrados. Magobei afirma que le tendieron una trampa para matar al jefe de la antigua mina de oro, supuestamente agotada pero que está siendo explotada en secreto por un aprovechado, e intenta que Kiba le ayude a cumplir su descarnada venganza.

Siguiendo unos elementos generales y técnicos muy similares a la primera entrega, su guion se vuelve nihilista y excesivamente melodramático, sobre todo en cómo Kiba sufre los embates de un mundo abocado a la desesperación, la venganza y la muerte; un mundo al que nuestro protagonista se niega a sucumbir a pesar de todo. Al igual que Sanai en la primera película, Magobei afirma: “Algún día serás como yo”, un futuro que Kiba rechaza violentamente una vez más. Este tono se aprecia también en su drama familiar y en las relaciones de los diferentes personajes, destacando en lo referente a cómo Kiba se enfrenta a Magobei —traicionado al igual que su padre, pero violento y falto de moral—, algo que apela al más profundo rechazo de nuestro protagonista, quien parece destinado a vagar por un mundo que lo acosa. “Nosotros, los ronin, debemos vivir sin piedad“, admite un personaje, pero Kiba no alberga ese sentimiento.

Jorge Endrino

Informático de profesión y cinéfilo por afición. Amante del cine de género en general gusta enormemente del cine clásico y los géneros más puramente asiáticos: Kaiju Eiga, Wuxia, Chanbara, Jidai Geki, Kung fu...

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