El mismo año que Kenji Misumi dirigía la primera película de Zatoichi “The Tale of Zatoichi” -座頭市物語, 1962-, el director volvía a asociarse con Raizo Ichikawa en “Kiru” -Destiny’s Son, 斬る, 1962-, la que a la postre sería conocida como como la primera entrega de la “trilogía de la espada” junto a Ken -剣, 1964- y Ken-ki -Sword Devil, 剣鬼, 1965-.
Raizo Ichikawa VIII, uno de los actores más destacados de su época, pasó toda su infancia y juventud dentro del mundo del teatro Kabuki. Con tan solo 6 meses fue adoptado por su tío, conocido actor teatral, y siendo aún adolescente ya participaba en obras de gran éxito. En 1951 adoptó el nombre artístico de Raizo Ichikawa VIII y pocos años después saltaría al mundo del cine firmando con la productora Daiei, de quien no se desvincularía. En el mundo del Kabuki es normal que los actores tomen nombres que, muchas veces, pasan de generación en generación artística. Ichikawa sería uno de los actores más talentosos y prometedores del estudio hasta su prematura muerte en 1969 a la edad de 37 años debido aun cáncer que se extendió a su hígado. Tan solo dos años después le estudio Daie quebraría y sus restos y catalogo pasarían a Kadokawa.
Destiny’s Son esta escrita por el conocido Kaneto Shindo, adaptando una novela de Renzaburo Shibata. Kaneto Shindo es uno de los grandes narradores de la historia del cine japones, tanto en su faceta de director como de guionista. Pocos son capaces de realizar una película casi sin diálogos de la fuerza de “La Isla Desnuda” -The Naked Island, 裸の島, 1960-, por poner un ejemplo. Suyas son, además, obras tan conocidas y emblemáticas dentro del mundo del Kaidan Eiga como Onibaba -鬼婆, 1964- o Kuroneko -藪の中の黒猫, 1968-. Al igual que Misumi, Shindo tenía una tremenda sensibilidad y fuerza narrativa a través de lo visual y lo abstracto.
En sus escasos 70 minutos, Destiny’s Son sigue la vida de Shingo, un niño que nació bajo mala estrella, fruto de una relación entre un vasallo y una mujer condenada a la que debía ajusticiar. Shingo es adoptado siendo un bebe y solo conocerá la verdad tras la trágica muerte de su padre adoptivo. Se lanza en ese momento al mundo, viviendo diferentes situaciones y terminando como fiel guardaespaldas de un noble.

Realmente esta película me abruma y es muy difícil explicar lo que me trasmite cada vez que la veo. Este es uno de los mejores ejemplos del cine de Kenji Misumi, tanto a nivel visual como narrativo y en su corta duración esconde una gran cantidad de escenas de gran fuerza: La ejecución de la madre de Shingo junto a un viejo arbol milenario; ese plano secuencia entre la hierba mientras Ichikawa lucha contra un batallón de asaltantes; ese tramo final donde Ichikawa busca a su señor entre las laberínticas estancias de un castillo desierto, justo después de haberse defendido de un ataque usando la rama de un cerezo en flor a modo de espada. Háganse una idea de que los 8 primeros minutos de la película contemplan retazos de unos 25 años de la vida de Shingo, con un pasar del tiempo especialmente bello y simbólico.
Las elipsis narrativas, la representación de la violencia -muy atentos al duelo en el río-, su ritmo en los enfrentamientos con espada, la mezcla de escenarios naturales y artificiales, su uso de los espacios naturales, grandes bosques o áridas llanuras… Tom Mess en Midnight Eyes trascribía unas palabras del decorador Akira Naito en torno a esta película «El guion de Destiny’s Son era bastante abstracto, muy poético, y tratamos de encontrar las imágenes que mejor se adaptaran a las palabras».
Mas interesante si cabe es su fondo, que divaga sobre el papel del samurái y el valor del bushido. Si el protagonista de Satan’s Sword era un luchador amoral, Shingo es el ideal samurái de lealtad y honradez. Sin embargo, no puede evitar la muerte de sus seres queridos, no puede cambiar su pasado, enfrentar los desmanes a su alrededor. Shingo es capaz de luchar y derrotar a un batallón de combatientes en una emboscada o a un atacante con un rama de cerezo, pero de poco le vale eso en el mundo que le ha tocado vivir.

La segunda entrega de esta trilogía conceptual llegaría en 1964 con Ken -The Sword, 剣, 1964-, la única película del director ambientada en época contemporánea. Adaptación de un relato corto de Yukio Mishima, Ichikawa da vida a Kokubun un joven obsesionado con la fuerza y el honor, convencido de que a través de su estoicismo en la perfección del Kendo obtendrá la “chispa de la vida” que vio siendo un niño en la luz del sol de verano. Kokubu decida alejarse de todo y centrarse en su habilidad, lo que le convierte en el capitán del equipo universitario en detrimento de Kagawa, su rival en el Kendo y que tiene una relación compleja con Kokubu. Por un lado admira su habilidad y dedicación, pero igualmente odia su estoicismo al tratarlo de arrogante. Kokubu es un humano como cualquiera y debería asumirlo. Además tenemos a Mibu, un joven que se debate entre su admiración por la fuerza interior de Kokubu y sus ganas de vivir la vida antes de dar el salto a la adultez.
Ken destila las creencias y contradicciones del controvertido Yukio Mishima y durante buena parte de la película la modernidad contemporánea chocará con los ideales del bushido, procedentes de otra época. Kokubu encarna ese ideal de joven actual que se rige por el código del honor, alejado de las formas y vicios actuales, cosa que ni sus familiares y ni los que le redoran llegan a entender realmente. Esto lo vemos desde varios puntos de vista, tanto del rival que quiere derrotar esas creencias hasta el seguidor que quiere imitarlo por pura admiración. La exploración de la masculinidad también es otro punto de gran interés, con esa tensión casi homoeróitca en como ve Kagawa a su rival o la obsesión de Mibu por la adultez y que le crezca la barba, ante la mofa de su madre y hermanas.
«La fascinación de Mishima por los extremos de la conducta masculina queda plasmada en los intensos primeros planos y las escenas de combate coreografiadas con gran estilo por Misumi» -Alexander Jacoby y Johan Nordström-
Y una pregunta siempre estará en el aire ¿Es Kokubu un héroe o vive un anacronismo del pasado?

Cierra esta “Trilogía de la Espada” Sword Devil -剣鬼, 1965-, que al igual que Destiny’s Son adapta una novela de Renzaburo Shibata.
La cinta comienza poniéndonos en contexto. La señora del feudo está enferma y solo permanece a su lado una de sus sirvientas. Esta sirvienta tiene un hijo sin padre y muere cuando él tan solo es un bebé, pero la señora ha dejado en su testamento que el hijo sea cuidado y no muera. El bebé es dado en adopción a un samurái de la más baja clase y al crecer debe suportar estoicamente los rumores y burlas de todo el clan de que es hijo de un perro. Ichikawa da vida a Hanpei, joven alegre amante de las flores que vive una vida sencilla cultivando el jardín del señor del clan pero esconde una gran habilidad de aprendizaje. Un día, tan solo viendo a un espadachín errante aprende esgrima y su vida cambiará radicalmente.
Es muy interesante el paralelismo entre las dos adaptaciones de Renzaburo Shibata. Ambos jóvenes nacen bajo mala estrella pero se sobreponen a su destino con jovialidad o buen hacer. Pero la espada, finalmente, es una maldición que los conducirá a un destino trágico. Sword Devil se impregna, además, de una especie de aire cómico, un humor que realza aún más la futilidad del camino de la espada. Hanpei es capaz de correr más que un caballo, haciendo honor a las burlas de que es “hijo de un perro”. Además, se convierte en un asesino implacable sin hacer preguntas, lo que le traerá múltiples desgracias debido a los juegos de poder del clan, y llega a matar a un gran grupo de espadachines con su esgrima, aprendida tan solo observando a un viejo ronin que lo instruye con la frase “Solo desenvaina, corta y envaina. Eso es todo”.
Hanpei sufre debido a su fascinación por la espada una vez que aprende a manejarla. Shingo, en Destiny’s Son, no pude cambiar el destino de los que le redoran a pesar de su enorme habilidad en esgrima. ¿Qué sentido tiene entonces?




