Reseñas

Satan’s Sword – (re)descubriendo a Kenji Misumi

Las novelas serializadas en periódicos son una costumbre literaria muy arraigada en Japón desde prácticamente el inicio de estas publicaciones. Pequeñas entregas diarias o semanales, a veces acompañadas de ilustraciones, que descubrían poco a poco el devenir de largas e intrincadas historias personales o ficciones de época, los géneros más populares entre el público. Buen ejemplo de ello es “Daibutsu Toge” –大菩薩峠-, o “El paso del Gran Buda”, escrita por Kaizan Nakazato durante casi 30 años, entre 1913 y 1941, y que suma un total de 41 volúmenes, quedando inconclusa tras el fallecimiento de su creador.

Daibutsu Toge sigue las desventuras de Ryunosuke Tsukue, un frío samurái que se ha dedicado a la espada hasta convertirla en su único modo de vida, alejado de la moralidad y la virtud social. Un día, sin ningún motivo, mata un viejo peregrino en el Paso del Gran Buda y ahí comienza esta historia. Por un lado Ryunosuke cae en desgracia por la muerte de Bunnojo Utsuki y sus crueles actos hacia la esposa de este, Hama. Por otro lado Hyoma Utsuki busca venganza por su hermano y se entrena para, algún día, dar caza y matar en duelo a Ryunosuke. Matsu, la nieta del viejo asesinado, es ayudada por un peculiar transeúnte, pero su sino parece maldito y entrará en una espiral de vicisitudes hasta que, eventualmente, acabe conociendo a Hyoma y descubra la identidad del asesino de su abuelo.

Como buena novela serializada de larga duración la cosa no quedará en estas simples líneas, plagándose de personaje y tramas secundarias, además de retazos históricos reales de la época, como la aparición del Shinsengumi o las luchas entre los leales y detractores al Shogun, si bien estos hechos son el grueso de la primera de las películas de sus múltiples adaptaciones al cine.

Quizás la más conocida, al menos en occidente, de estas adaptaciones de la obra de Kaizan Nakazato sea The Sword of Doom, dirigida en 1966 por Kihachi Okamoto con adaptación del texto original de Shinobu Hashimoto, productor y guionista que escribió obras tan determinantes como Rashomon o Los Siete Samuráis. El papel protagonista de Ryunosuke recae en el mítico Tatsuya Nakadai, maestro en estos papeles enigmáticos donde su sola presencia marca una escena. Curiosamente rodada en un majestuoso blanco y negro, que da más fuerza si cabe a esa “oscuridad del alma” del protagonista, esta película se cierra de forma abrupta en el descenso hacia la locura del personaje de Nakadai, en un plano congelado de él mismo en un frenesí con la espada.

Solo viendo otras adaptaciones el espectador puede apreciar lo inconcluso de la película de Okamoto. Yo mismo desconocía completamente la obra original, generalmente adaptada en formato tríptico. Trilogía fueron las adaptaciones de la década de 1950 tanto de Kunio Watanabe –Merciless Blade, 1953- como de Tomu Uchida –Souls in the Moonlight, 1957-, ambas protagonizadas por el actor más de moda de la época, Chiezo Kataoka.

Y trilogía es esta Satan’s Sword: The Great Buddha Pass (大菩薩峠), The Dragon God (大菩薩峠 竜神の巻) y The Final Chapter (大菩薩峠 完結篇), adaptación del texto original del mentor de Kenji Misumi, Teinosuke Kinugasa, del que siempre recomendaré esa obra capital del jidai-geki que es Gate of Hell, la historia de la obsesión amorosa de un noble por una dama hasta casi conducirlo a la locura. Es muy interesante ver como Gate of Hell sentó las bases estilísticas de lo que luego sería parte del Kaidan Eiga, o cine de fantasmas japonés, sin ser ésta una de aquellas, pero su representación de la obsesión y la locura la hacen un visionado imprescindible para el aficionado.

Centrándonos en la obra que nos ocupa, Satan’s Sword: The Great Buddha Pass (大菩薩峠), nos lleva a los acontecimientos iniciales de la historia, mientras que The Dragon God (大菩薩峠 竜神の巻) continua tras un duelo fallido, con Ryunosuke implicándose con fuerzas rebeldes y conociendo a una mujer idéntica a su esposa, y Hyoma y Matsu siguiendo su camino hacia la venganza por los desmanes pasados. A Ryunosuke le da vida el gran Raizo Ichikawa, uno de los actores más conocidos de la Daiei.

Estas son unas películas que se desarrollan a fuego lento, con ese tempo pausado tan característico del cine de época japonés, además de que tienen muchas tramas que casi se podrían considerar relleno en una película que no estuviera destinada a trilogía. Historias de amor y desamor, enfrentamientos y secuestros, en lo personal algunas de sus largas conversaciones me han parecido intrascendentes y la narrativa no es la más ágil del lugar. Misumi cobra vida en los enfrentamientos con espada y cuando se adentra en terrenos más abstractos, como ese espectacular enfrentamiento en el bosque lleno de juegos de luces y sombras, donde Ryunosuke permanece en la sombra mientras su espada brilla. Podemos ver atisbos de que lo que sería el Kenji Misumi que tanto nos gusta: en los juegos de cámara, en la composición de los planos -esa huida de la joven de la posada grabada desde el techo en plano abierto que pasa entre habitaciones-, en la iluminación, en esos escenarios artificiales que desbordan teatralidad y fuerza narrativa…

La propia historia, además, peca de ser reiterativa, si bien esto es parte de su esencia. La primera película si que se centra un poco más en el personaje de Ryunosuke, quizás el más complejo de todos los de la obra, pero el resto tienen un desarrollo general bastante similar, centrado en la búsqueda de la venganza, y un final intermedio, ese cierre de la primera y segunda película a modo de “cliffhanger”, relativamente poco satisfactorio. Pero es que The Great Buddha Pass no hace referencia solo a un lugar real -el cual existe en la prefectura de Yamanashi-, sino que en esencia es el viaje de sus personajes, en como Ryunosuke se hace consciente de su mal karma, de como enfrenta la vida alejado de la moral y con la “libertad” como máxima; en como Hyoma antepone la venganza a todo lo demás, convirtiéndola en algo cotidiano, casi rutinario; en como las historias de amor de ciertos personajes se reiteran, desde puntos de vista diferentes pero similares, a modo de contraste, de segunda oportunidad.

La obsesión por el plano, por el detalle, por plasmar lo que tenia en su mente, hizo que Kenji Misumi, al igual que su mentor Kinugasa, fuera bastante lento rodando y se dice que Daiei asignaba a otros directores como soporte, en este aso parece ser que el elegido fue Tokuzo Tanaka, que ya había trabajado con Kurosawa o Mizoguchi. Sea como fuere, el buen hacer de Misumi lo hizo ideal para dirigir Buddha (1961), a la postre uno de los grandes éxitos comerciales del estudio junto a The Tale of Zatoichi, también del director. Quizás por esto la tercera parte de esta trilogía terminó en manos de Kazuo Mori, otro hombre fuerte del estudio que participaría en sagas como Zatoihci, Shinobi no Mono, Bad Reputation o la serie televisiva Mute Samurái.

Este cierre vuelve a la misma reiteración de las anteriores películas, en un nuevo juego de amor, desamor y violencia. Se vuelve onírica, casi pesadillesca, en muchos momentos de la espiral de Ryunosuke hacia su propia desesperación. Al final, cada personaje entiende sus miserias, sus obsesiones y malas decisiones.

Y es que la vida es mucho más que el honor, la obsesión o la propia satisfacción personal.

Jorge Endrino

Informático de profesión y cinéfilo por afición. Amante del cine de género en general gusta enormemente del cine clásico y los géneros más puramente asiáticos: Kaiju Eiga, Wuxia, Chanbara, Jidai Geki, Kung fu...

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